He no jurado
Hipócrates, me negué a realizar tu juramento, no por desprecio, soberbia o indiferencia, al contrario, el rechazo al perjurio inevitable de mis tiempos me hizo callar respetuosamente mientras muchos de mis colegas vacíamente lo repetían.
Creo, sin embargo que necesito un código de conducta al cuál serle fiel y que me guíe cómo tu digno seguidor, así en un tiempo entre pabellones, me vi motivado a escribir.
Juro por mi Dios, prometo por mi honor y cumpliré por mis pacientes:
No sanaré a nadie, proporcionaré las herramientas para que la naturaleza lleve a cabo su normal proceso de curación.
No haré ni esperaré milagros derivados del la terapéutica, Dios no necesita un técnico, si a alguien con fe.
Todo paciente lo veré cómo a un igual a mí, esté dónde esté o sea quién sea.
Usaré mis conocimientos hasta su límite, luego humildemente buscaré ayuda.
Haré de mi paciente responsable y conocedor de su padecer, así cómo partícipe de su propia curación.
Mi decisión, si la creo correcta, no será influenciada, ni siquiera por mi paciente, no importándome quién este sea.
Asumiré mis acciones con responsabilidad, no involucraré a otros en los conflictos que yo provoque.
No será mi conveniencia lo que dirija mi actuar terapéutico, el bien de mi paciente me guiará.
No usaré mi grado de médico para incomodar a otras personas con mis intereses personales.
Nunca abandonaré a mi paciente, su confianza la retribuiré con un compromiso indisoluble.
Veré a la muerte no cómo una enemiga, sino el alivio final para el sufrir de mi paciente, el cuál me esforzaré para que llegue en el momento indicado para él.
No privaré a mi paciente ni a su familia de la posibilidad de morir dignamente, entre sus seres amados y sin dolor.
No consideraré este juramento cerrado, la experiencia y mi criterio me ayudarán a seguir construyéndolo.
Carlos Finsterbusch Rodríguez